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Una Noche Perfecta para Sanguijuelas
Por Jim Chaffee

Una de esas noches. Monzón de invierno. La puta lluvia si intensa que las bengalas allí arriba detrás de la montaña de mármol apenas resplandecieron, sus colas fosforescentes temblando en el denso ambiente como memorias marchitadas de la juventud.
Estábamos haciendo explotar sanguijuelas. Las habíamos cosechado de un grupo de Marines que habían pasado la mayor parte de las últimas veinticuatro horas sangrando en un arrozal en un lugar cercano a An Hoa, o a lo mejor al lado de Colina 10. A lo mejor en la Go Noi. Nos importaba una mierda donde habían estado. La sorpresa había sido que habían podido evacuarles, con esa jodida lluvia tan fuerte. Estabilizamos estos pobres cabrones, sacándoles de urgencias y mandándoles para cirugía. Todo el rato cosechando las sanguijuelas que les habíamos quitado, para más tarde.
Ahora era tiempo de sanguijuelas. Inyectamos sus cuerpos de cámara con acetona y las encendíamos, mirando cómo la masa de tejido oscuro y sangre se explotaba. Bombas vivientes.
Morrison bajó a unirse con nosotros, un insomne que no estaba de guardia y que no tenía ningún sitio a donde ir. Dormía solo un par de horas la noche, muchas veces seguía vagando hasta tarde para ver qué cosas interesantes podría presenciar. El ayudante médico más joven de urgencias, llevaba más tiempo incorporado que nadie, en las reservas por la mayor parte, y le gustó que le llamasen ‘Papi’. Apenas nadie le llamaba así. Parecía un crío.
Una gran cagada de explosiones y de fuego de armas cortas rompió el tedio, estrellazas en rojo y blanco, y las colas de las balas de traza subieron en parábola para adentrarse en la noche oscura como fuegos artificiales debajo del diluvio, todo de la dirección de la montaña grande, la que los Marines llamaban el Fiador por su perfil. Los vietnameses lo llaman Nui Thuy Son. Está pegada a la playa, al otro lado de la carretera del batallón. Supusimos que fue un ataque a la unidad CAP en el otro lado de la montaña de mármol, pero nos equivocamos. Entró una llamada para una ambulancia.
Morrison se adjudicó la llamada, cabreándome.

Por lo menos llevaba botas y mono. Una noche salí de llamada en chanclas, pantalón corto y camiseta. Llegué al depósito al pié de Nui Tho Son, la montaña de mármol que los Marines llamaban Cofa de Vigía, un risco de roca desnuda, austera que sube recto de la tierra arenosa al otro lado de la carretera del Fiador. Un equipo de observadores ANGLICO con su rifle 106 sin-retroceso estaba encaramado en la cima, invisible en la oscuridad.
De hecho estábamos cerca de la playa, pero los Marines habían establecido un perímetro de exclusión y un grupo de tíos con chalecos antibalas puestos corrían por arriba y abajo con sus M-16 listos para disparar. Uno de los utilitarios jeep ardió como una almenara, iluminando las cinco figuras esparcidas en la arena al lado con la temblorosa luz del fuego. Del color de sus cinturones podía ver que eran de la Marina, no Marines, probablemente formaban parte de la seguridad del campo Seabee al lado del depósito.
Oí alguien susurrar “Jodido ayudante médico loco” cuando salí de la ambulancia, vestido así, sin armas, con solo mi equipo de primeros auxilios, ojeando con cautela la camioneta en llamas. Helicópteros de ataque rastrearon la base de la Cofa de Vigía con sus reflectores. Un par de cinturones guapos, no comunes y corrientes de uniforme, humeaban en la tierra cerca de la camioneta en llamas que estaba horneando las balas de .45 hasta que disparasen. Las bengalas que bajaban bamboleando hacia la tierra debajo de sus paracaídas parecían lámparas colgadas de las nubes y echaban una luminiscencia parpadeante sobre la escena. Las sombras mutaban al ritmo de su bajada mecedor. El hedor de cordita especiado con la acritud de pelo y carne quemados impregnó el aire.
Que yo estuviera allí no cambió nada. Podía ver a la luz de las bengalas que estaban hecho una asquerosidad sin esperanza, quemados y mirando fijamente al cielo con ojos de pescado, salvo uno, que seguía respirando, un pequeño fuego en su pecho todavía. Calculé que no tenía sentido ponerme a trabajar para él. Soltó toda la orina de su vejiga mientras miraba, dando la razón a mí argumento silencioso. Una masa de gente que contemplaba la escena me incitaba hacer algo para socorrer a los heridos, como si fuera un Dios. Les di mi mejor cara “lo siento” y mascullé “Olvídalo.”
Un grupo de Marines me escoltó a la carretera, rodeándome para protegerme, caminando con pesadez a través de la arena como una oruga verde con armas apuntando en todas direcciones. En la parte trasera de un utilitario dos jóvenes chicas vietnamesas estaban tumbadas de espaldas con un poco de sus intestinas saliendo de sus barrigas. No había otras heridas visibles entonces supuse que se habían eviscerado a causa de la onda expansiva de la mina que habían hecho explotar debajo de la camioneta ya totalmente quemada. Habían venido de un pueblo al lado, probablemente Binh Ky, a donde se habrán huido después del hecho, nefario o heroico, según la punta de visto. Les indiqué el hospital, a un kilómetro más o menos, y les mandé ir allí. No era para mí juzgarles.
De todos modos, por lo menos Papi estaba vestido adecuadamente.

El jaleo continuó toda la noche, como una discusión larga y aburrida: el castañeteo de los M-16 y los tiros más separados de un par de ametralladoras M-60 contestando al traqueteo de los AK-47 con explosiones ocasionales. Papi no volvió hasta el amanecer.
Por la mañana una bandera gigantesca de los Viet Cong ondeaba en la cima del Fiador, dominando todas las instalaciones Americanas. Antes de que volvió Papi recibimos un grupo de Montañeros cargados en un camión, eran fuerzas MIKE del campamento del Quinto Fuerza Especial, no muy lejos por la misma carretera, al lado de la playa al pie del Fiador, dentro del perímetro seguro de este lado de la Sierra de Mármol.
Papi apareció con su ambulancia lleno de Americanos heridos mientras estábamos mirando los nuevos helicópteros de ataque Cobra trabajar la montaña con cohetes y ametralladoras en soporte de los pequeños y belicosos Montañeros que habían sido transportados al superficie rocoso y boscoso de ese risco lleno de cuevas para erradicar los últimos minadores que habían hecho un asco su campamento base.
Papi sonrió de oreja a oreja mientras me contó su aventura con los famosos Boinas Verdes. A la entrada los guardias estaban tirando hacia dentro de su propio campamento y le dijeron que no podía entrar. Entró de todos modos, el conductor haciendo caso omiso de las balas mientras se dirigían a la enfermería donde encontraron un médico del ejercito asombrado de ver a la puerta un ayudante médico de la Marina desarmado y sin equipo protector, como si no estuviera jugando el juego. Se quedó dentro, pero proporcioné papi con ropa protectora, les dio rifles M-16 y los enviaron fuera.

Papi se reía mientras me decía que había ‘gooks’ por todos lados, tirando bolsas de cargas explosivas a todo lo que veían. Lo encontró estupendamente divertido que el oficial al mando de los Boinas Verdes había sido matado en su propio bunker de comando. Papi se escondió y miró la guerra.
Me recuerdo el agente de la CIA que entró bajo nuestro cuido, salido de Dong Ha, llevando una camisa hawaiana, zapatos de estilo loafer, pantalones de llana y un revolver corto de calibre .38 que ingresamos en la armería. Relucía en la oscuridad de su ictericia, había sido evacuado con la multitud de refugiados después del debacle del campamento. Se quejó de los Boinas Verdes en Lang Vei. Eran duros, dijo, esos Boinas Verdes, pero eran soldados de mierda, no montaban guardia, no salieron de patrulla. Los NVA les habían sorprendido, dijo, en tanques. Rió.
Entonces, aquí estaban otra vez cagándolo, su campamento base desbordado dentro de un área segura, los minadores asaltantes colocando una bandera enemiga en el punto más alto de la vecindad.
Lucharon en el Fiador toda la mañana, los helicópteros de ataque a toda potencia en soporte de los Montañeros, y más de entre ellos fueron bajados a nuestras instalaciones de urgencias. Nos quedamos todos, como esto era un caso de bajas masivas, pero fue Papi quien se divertía lo más.
Cuando entré en la sala de pre-cirugía para ver como iba, estaba inclinado sobre un Americano herido con una herida minúscula de metralla en su espalda. Papi trabajó laboriosamente la herida, limpiándola de la piel muerta, desbridando el pequeño agujero negro para darle la forma de un balón de rugby para que cerrase correctamente. Cada vez que subí la pequen colina para ir a la sala de pre-cirugía le encontré allí, cortando todavía, el desbride creciendo. Al final era del tamaño y forma de un balón de rugby de juguete aplastado. Me guiñó.

Más arde me contó que el hombre herido era un oficial de los Boinas Verdes, arrogante como nada. El oficial preguntó al doctor si iba a poder ir de descanso en Hawai para encontrarse con su mujer en dos semanas. El doctor le dijo que con oda seguridad, era solo una herida pequeña. Papi se aseguró de que ganó su medalla de herido en combate, el Corazón Morado, perdiendo así su cita, evacuado a Japón en su vez.
Terminamos con los últimos heridos en urgencias a mediodía o así. La bander de los Viet Cong cayó una hora después del amanecer pero los Montañeros heridos entraron todo el día. No tantos para que tuviésemos que quedarnos todos así que me fui a beber unas cuantas cervezas y dormir mientras Papi cazaba nuavas heridas a desbridar.
Resulta que los Alubias Verdes, como él les llamaba, le habían recomendado a el y al conductor de la ambulancia para Estrellas de Bronce. La Armada rechazó la recomendación, sabiendo que era muy probable que Papi se hubiera escondido durante la batalla, aunque el motivo era más hacer política que justicia porque el conductor recibió el suyo.
De odos modos la noche siguiente se eternizó sin novedades. Me encontré deseando tener más sanguijuelas, pero en su vez me quedé con jugar a las cartas sobre una mesa provisional de dos caballetes y una vieja tabla de madera ensangrentada que servía de mesa de reanimación de los pacientes en paro cardiaco. Jugamos con el riesgo de ser molestados, siempre resintiendo la llegada de alguien en paro cardiaco que tuviera la osadía de interrumpir nuestro juego.
Traducción Sonia Ramos Rossi
© Sonia Ramos Rossi 2008


